sábado, 23 de noviembre de 2013

Política y deseo

A lo largo del siglo XIX, las acciones políticas corrieron a la par de quehaceres discursivos muy variados. Entre el proyecto y la acción que guiaban los procesos emancipatorios de los países de la entonces América Española, nacieron discursos que fueron, y aún son, la encarnación de la imaginación responsable de los caudillos insurgentes que quisieron fundar una nación. En México, no podemos olvidar el nombre y la palabra de hombres como Miguel Hidalgo y José María Morelos y Pavón. Cada discurso que ellos hacían público —como bando, decreto o como conferencia en un congreso— era al mismo tiempo un acto de gobierno. Los Sentimientos de la Nación de Morelos son muestra clara de esto.

Recordemos algo de la historia literaria de este documento que sentó las bases de la Constitución de Apatzingán... En septiembre de 1813, Morelos suspendió su actividad militar y decidió convocar la Junta de Gobierno, impulsado por la necesidad de unificar los esfuerzos insurgentes que se estaban llevando a cabo en todo el territorio mexicano. Así, el 14 de septiembre de 1814, en la recién nombrada ciudad de Chilpancingo, tuvo lugar la primera sesión de un congreso que tendría como objetivo final la elaboración de una constitución. 

Retrato de Morelos por un niño de preescolar.

Ahora bien, para delinear el perfil ético desde el que Morelos enunció su discurso en el Congreso de Chilpancingo, hay que tener en cuenta al menos dos gestos. Por un lado, la asunción del epíteto “Siervo de la Nación”, en el que se encuentra la postura de un mestizo, hijo de carpintero, integrante del bajo clero y de aparente inferioridad cultural respecto a los criollos. ¿Qué servicio podría ofrecer Morelos, hombre de tan pocas “luces políticas”? Pues ni más ni menos que aquello que es más humilde y propio de cualquier persona: sus sentimientos. El segundo gesto se encuentra en la anécdota de la génesis de escritura de este documento: Morelos pronunciaría en la inauguración del Congreso un discurso previamente elaborado por otro jefe insurgente; sin embargo, pocos días antes de la celebración del Congreso, dejó de lado ese discurso y se dispuso a dictar a Andrés Quintana Roo sus sentimientos. Así, literariamente, los 23 puntos de los Sentimientos de la Nación parecen haber nacido no del espíritu ilustrado de Montesquieu, Rousseau, Locke o Voltaire, sino del entusiasmo intuitivo del “Siervo de la Nación”.

La firma en el manuscrito de los Sentimientos...
Por ello, los Sentimientos de la Nación se mueven en el espacio discursivo de una imaginación responsable propia del espíritu político de los libertadores del siglo XIX, al mismo tiempo que su forma —la génesis del texto, su título, su enunciación— nos invita a leerlos no como proclamas impersonales, “Que la América es libre e independiente de España…”, sino como deseos “[Yo Morelos – Yo Nación] Quiero que la América sea libre e independiente de España”. Ambas —política y deseo— condiciones necesarias en el camino para hacer Patria.

domingo, 20 de octubre de 2013

Movimiento delator

Roland Barthes —en uno de los provocadores ensayos que conforman El placer del texto— decía que el mejor texto es el que nos hace levantar la cabeza, dejar de mirar la página que leemos y mirar alrededor, como  buscando el origen de una llamada que no sabemos de dónde ha venido, pero que hemos escuchado a través de aquello que estamos leyendo. Mediante la hermosa imagen de un ave que escucha sutiles sonidos —imperceptibles para nosotros— que le hacen girar rápida, pero delicadamente, la cabeza, el teórico francés nos hace entender que el texto es una llamada indirecta del mundo hacia nosotros. Hay lecturas que nos provocan ciertos movimientos, ciertos entusiasmos y ciertas pasiones que no debemos —ni podemos— dejar de lado si queremos ser rigurosos en nuestros acercamientos académicos. El rigor radica en ser sinceros con aquello que nos provoca la lectura y en confiar en las respuestas del cuerpo como criterio de acercamiento literario. Después de todo, ese criterio no es pura subjetividad: en esa llamada hay algo del mundo haciéndose presente y objetivo mediante la escritura.


Barthes no es el único que se ha servido del cuerpo como principio de valoración literaria: en América Latina, específicamente en nuestro México de principios de siglo XX, José Vasconcelos —durante un periodo de rica producción intelectual llevada a cabo durante su exilio en Perú tras el triunfo del gobierno carrancista en México— escribió en 1919 un ensayo que sigue siendo frecuentemente evocado hasta nuestros días y que desde su mismo título ofrece una idea bien clara de la postura vitalista que Vasconcelos mantenía respecto a los libros. Se trata del ensayo “Libros que leo sentado y libros que leo de pie”, el cual comienza: “Para distinguir los libros, hace tiempo que tengo en uso una clasificación que responde a las emociones que me causan al leerlos. Los divido en libros que leo sentado y libros que leo de pie”. A diferencia de Barthes, no es solamente el movimiento de la cabeza el indicador de que algo está aconteciendo en la lectura, sino que es todo el cuerpo, en alguna de sus dos posiciones básicas, el que es provocado por la lectura a moverse. Los libros que se leen de pie, explica Vasconcelos, son los que parecen atraer de la tierra una fuerza que empuja los talones de los lectores. Es decir, la lectura adquiere su fuerza en unas raíces profundas que la preceden.

Siguiendo esta imagen del momento de la lectura dibujada por Vasconcelos, pero también retomando algo de la de Barthes, es como se puede explicar mi propia experiencia en la lectura del primero. Al leer a Vasconcelos hay algo de raíz y algo de ala; hay algo de pasado provocador y de presente convocador en su escritura. Más allá de los prejuicios y juicios que se puedan hacer respecto al contenido de su obra, las respuestas a las que mueve son un síntoma nada despreciable: el lector no se mantiene inerte al leer a Vasconcelos. La forma de esa recepción es en sí contenido. En este sentido es que el cuerpo —con todas sus percepciones y sensaciones— se vuelve criterio reflexivo en nuestras lecturas.

viernes, 5 de julio de 2013

Sobre escritura y publicación

Bueno es, sin duda, que las obras sean completas y perfectas; pero también, por quererles dar toda su extensión, o por empeñarse en perfeccionarlas al extremo, la sociedad se queda sin las cosas, y los autores sin el premio que esperaban por ella.
Simón Rodríguez, Sociedades americanas... [Luces y virtudes sociales], 1834

Es díficil comenzar un texto sobre Simón Rodríguez intentando decir quién fue. A lo mejor es por ello es que la biografía ha sido uno de los géneros favoritos para hablar de este personaje: hay mucho qué decir sobre su vida. Muy poco de ello es convencional y casi todo es extraordinario. Desde su recepción más cercana —aún en el siglo XIX— hasta las últimas décadas del siglo XX, las narraciones de la vida de Rodríguez nos dejan imaginarlo. Sin embargo, también la obra que él mismo escribió nos ayuda a dibujar la imagen de su vida y, específicamente, de una forma de asumir el propio trabajo intelectual.

La cita que abre este breve texto es una de las muchas claves de lectura que Rodríguez nos regala para entender la (literalmente) inédita forma en que su gran proyecto, Sociedades americanas en 1828. Cómo son y cómo podrían ser en los siglos venideros, llega hasta nosotros. Como sabemos, esta publicación se compone de cuatro ¿partes? que se articulan de manera muy particular una con otra. Sin embargo, también sabemos que esta articulación no se basa en la suma de las partes ni en el contraste (a la manera de la ciencia ecdótica) de una con otra en búsqueda de la “versión original” de la obra. ¿Entonces...? A través de la lectura de estas cuatro publicaciones y siguiendo las intuiciones de algunos estudiosos de Rodríguez, que ven en su obra la idea de un proyecto total, a contracorriente de los obstáculos que sus circunstancias le impusieron, he reflexionado y propuesto algunos planteamientos —los cuales no serán desarrollados aquí— sobre la articulación de estas “partes” a partir de la relación dinámica entre las concepciones de fragmento y sistema.

Disculpándome de antemano por la confusión que la afirmación anterior puede provocar, así como por la falta de explicaciones que daré en este momento al respecto de ello, quiero volver la atención al epígrafe antes referido, el cual tiene que ver con lo dicho sobre la articulación de las partes con el proyecto, pero que al mismo tiempo es una muestra clara de la manera en que el acto de la publicación en Rodríguez está fundamentado en una ética y una política del quehacer que responde a la necesidad de la obra en relación con su realidad inmediata: una sociedad.

¿Es esto la arrogancia del escritor que cree que el mundo no puede continuar sin la lectura de sus trabajos...? ¿Es la vanidad y la avaricia por el reconocimiento que la publicación de la obra acarreará a su autor? Como siempre, Rodríguez es capaz de darle un sentido profundamente crítico a enunciados que podrían parecer dogmáticos, mediante el rigor de su propio actuar. Lo que una afirmación como la del epígrafe nos hace preguntarnos tiene que ver con la manera en que un sujeto asume una responsabilidad social mediante la escritura y la publicación (¿socialización?) de sus ideas. Creemos que este gesto no es vanidad, arrogancia o mero egocentrismo intelectual. El caso de Rodríguez y sus Sociedades americanas consiste, en realidad, en toda una propuesta ética y política respecto a los valores e intenciones que fundamentan un quehacer de las ideas, el cual se sale de su dimensión individual para hacerse social mediante su puesta en página y en imprenta.

Actualmente, ¿qué intenciones guían nuestros actos de escritura? ¿A quién le respondemos? ¿Cómo le respondemos a nuestras circunstancias? De hecho, ¿cómo son las circunstancias de nuestra escritura? ¿En nombre de qué buscamos la perfección de la expresión de nuestras ideas? ¿Esa perfección (sea lo que sea que es) da un valor mayor a lo que queremos decir? Al final de cuentas, ¿qué estamos entendiendo por perfección y por completud? ¿Qué valores ponen en juego las políticas que guían nuestra escritura académica...? ¿Cómo toman forma en nuestra escritura las circunstancias...?

Rodríguez siempre nos pregunta mucho a través de la particular manera en la que él le respondió al mundo; respuesta que quedó registrada (al menos parcialmente) en sus cuatro publicaciones de Sociedades americanas. En versiones facsimilares digitalizadas, están disponibles todas las publicaciones:

Sociedades americanas en 1828. Cómo serán y cómo podrían ser en los siglos venideros
Arequipa, 1828.

Sociedades americanas en 1828. Como serán y como podrían ser en los siglos venideros [Luces y virtudes sociales]
Concepción, 1834.

Sociedades americanas en 1828. Como serán y como podrían ser en los siglos venideros [Luces y virtudes sociales]
Valparaíso, 1840.

Sociedades americanas en 1828. Como serán y como podrían ser en los siglos venideros
Lima, 1842.

domingo, 19 de mayo de 2013

«¡Si quisiéramos entenderlo!»


Para que un sistema esté en equilibrio, es menester que se cierre el polígono de las fuerzas y la resultante sea cero. A esto se reduce el arte de la composición literaria. ¡Si quisiéramos entenderlo!
Alfonso Reyes


Como estudiantes de literatura, Alfonso Reyes es uno de esos personajes que vemos mucho, pero leemos poco. Paradójicamente, hay autores —como Reyes— cuya omnipresencia referencial es una barrera para el acercamiento directo a su obra. Los porqués de esa paradoja son varios y quizás alguno tenga que ver con lo que esperamos de un intelectual.

Por otro lado, ¿acaso sentimos que la referencialidad nos salva de la lectura? ¿Ver por acá y por allá la referencia —tanto bibliográfica como en la onomástica de las calles regias y varias defeñas— un gran nombre como el de Reyes tiene la desventaja de la petrificación: el hombre se vuelve nombre nada más. Personalmente, mi entrada a Reyes fue por dos frentes simultáneos: su teoría —desde un buen seminario en la facultad— y su literatura —desde el metro, la biblioteca o la cama—. Estas dos entradas me dejaron entender más claramente la tensión en la que Reyes —al igual que otros intelectuales de la época, como Pedro Henríquez Ureña y José Vasconcelos— se movía: por un lado, el afán de hacer de la cultura, mediante la literatura, una empresa educativa y civilizatoria; y, por otro, el de reivindicar los privilegios de los letrados. ¿Cómo llevó a cabo Reyes estos propósitos? Por una parte, mediante una escritura riquísima y provocadora (como en sus cuentos); por otra, mediante un deslinde: el que lleva a cabo en su libro El deslinde. Prolegómenos a una teoría literaria (en la fundación Ignacio Larramendi está disponible la obra completa de Reyes editada por el Fondo de Cultura Económica).



En esta obra —que ha sido muchas veces duramente juzgada— Reyes propone situar legítimamente a la literatura latinoamericana mediante un movimiento radical: el deslinde teórico de la noción de literatura. Se trata de un redescubrimiento de la tradición occidental contemporánea a partir de un deslinde hecho, al menos formalmente, con base en la tradición clásica (el modo expositivo de El deslinde recuerda por momentos a la Poética de Aristóteles). Reyes nos dice que “[…] es mucho menos dañoso descubrir el mediterráneo por cuenta propia […] que no el mantenernos en postura de eternos lectores y repetidores de Europa”; o sea, hay que olvidar un poco para poder recordar mejor.

El esfuerzo teórico y sistemático que toma forma escrita en El deslinde es impresionante. Sin embargo, la comprensión de este libro se complementa al ver lo que resultó de lo que sería su continuación, pues no olvidemos que esta obra se trataba solamente de los “prolegómenos” a una teoría literaria. Reyes continuó sus reflexiones en dieciocho ensayos que se recopilaron bajo el título de Al yunque. La forma de expresión cambió, y con ella la reflexión misma y la manera en que debemos de leerla. La importancia de esto es fundamental para romper el aura de hermetismo que impide un mayor acercamiento a la obra de Alfonso Reyes, pues él, con la inmensidad de su obra, no hace más que invitarnos a la lectura.

viernes, 17 de mayo de 2013

La escritura como punto de partida

Si pensamos que, en América Latina, la literatura “no es meta, sino prefiguración [...] materia para comienzos [...]”, nuestras perspectivas de lectura pueden sufrir un cambio radical. La afirmación citada la hace Silvia Molloy —crítica literaria y escritoria argentina radicada en Estados Unidos, colega de otros grandes como Julio Ramos y Enrique Pupo-Walker— al respecto de la interpretación alegórica que hace de un cuento de Borges. A su vez, este cuento y la alegoría le sirven para hablar de la autobiografía como un género que, en cada una de sus realizaciones particulares, pone en escena una diversidad de textos, sin limitarse solamente a los que tienen forma escrita.

Se trata, al final de cuentas, de la intertextualidad como fundamento de la creación literaria en general, no solamente de la autobiografía. El trabajo con nuestras tradiciones significa poner en escena —en ensayo de ficción, en tejido de narración— las voces que nos preceden y que hemos decidido escuchar. En América Latina, responder a la llamada no es subordinación ni servilismo, es creación. La crítica de nuestra literatura debe mirarla con ojos proféticos, no con ojos cerrados que busquen objetos conclusos. La literatura jamás es conclusión: siempre permanece a la espera de ser el lugar desde el cual alguien saltará en búsqueda de su propia historia.

jueves, 20 de diciembre de 2012

La utopía no tiene párpados

“Lo único que hay de original es la realidad”.
Arturo Andrés Roig

En los brazos de Joaquim Machado de Assis este epígrafe toma cuerpo. A finales del siglo XIX, en Brasil, Machado publicó un cuento que lleva por nombre “Unos brazos” y que relata el fugaz enamoramiento entre un adolescente y una mujer joven. Se trata de un enamoramiento silencioso que se articula mediante pequeños gestos. Los personajes, desde su pura cotidianidad, van interpretando estos gestos como indicios de amor y de deseo correspondido... ¡Pero ni una palabra! Esa falta de comunicación lingüística los lleva a un callejón sin salida, o más bien a una especie de situación espejo, de esas que tanto le gustan a Machado (véase el clásico cuento “El espejo”). Mientras el muchacho duerme y sueña que su enamorada lo besa, ella está despierta frente a él y lo está besando. La realidad soñada está aconteciendo: la utopía nos alcanzó mientras seguimos soñando. 

La realidad estuvo llamando a Ignacio (así se llama el muchacho dormido) todo el tiempo, pero con silencios corporales, sin palabras. Quizás por eso jamás alcanzó en su conciencia el “nivel” necesario para que él pudiera despertar mientras la realidad le estaba besando en la boca. La voluntad de doña Severina fue para Ignacio solamente una maravillosa coincidencia. Y, sin embargo, esa voluntad resultó ser más original (o al menos igual) que el sueño mismo.

Para terminar... una escritura que nos hace ver:

“Los brazos de doña Severina le abrían 
un paréntesis 
en la larga y fastidiosa etapa de la vida que estaba viviendo, 
y esa oración intercalada 
despertaba en él ideas originales y profundas”.

sábado, 9 de junio de 2012

Sobre ética, deliberación y democracia

Silvia Rivera Cusicanqui es profesora universitaria especialista en historia oral andina y una gran referente teórica cultura de la perspectiva poscolonial en América Latina. En estos breves fragmentos (aquí pueden descargar el artículo completo) nos aporta puntos claves para reflexionar sobre nuestra participación en la democracia, en estos tiempos en que tanto esto se anuncia, pero poco se asume de verdad.

En sociedades como la nuestra, en las que hombres y mujeres ven peligrosamente acotado el ámbito de sus decisiones por múltiples mediaciones y por dudosos mecanismos de representación, el potencial de la ética se desvanece si se presenta tan sólo como una fuerza normativa que viene a ocupar los espacios que otros discursos legitimadores han dejado vacantes, la religión o las ideologías, entre ellos. Porque el sujeto de la ética no es un dios omnisciente, ni un sujeto trascendental cuyo atributo distintivo es la razón universal. Tampoco, el indefinido miembro de una supuesta comunidad trascendental de comunicación. El sujeto de la ética es histórico y plural. Somos nosotros, las mujeres y los hombres que, de un modo u otro, nos encontramos sujetados a las prácticas sociales del dispositivo histórico en el que nos toca vivir. Hombres y mujeres que nos vemos implicados en la vida política, económica, profesional o cotidiana y que conformamos nuestras subjetividades en el marco de las reglas establecidas por las instituciones en las que se desarrolla nuestro hacer. Precisamente, es en ese marco que debemos encontrar o crear los espacios que nos permitan ampliar nuestra capacidad de acción comunitaria.

La pregunta acerca de aquello que otorga significado moral a una acción ha encontrado diferentes respuestas a lo largo de la historia. En la línea de esta recuperación de la relación entre ética, deliberación y democracia, me interesa acercar aquí la respuesta que da Victoria Camps a esta pregunta: “El significado ético de una acción viene dado no por la decisión final, sino por la argumentación que pesa los pros y los contras y justifica la elección hecha”. Es evidente que, con estas palabras, la autora se aleja de la deontología clásica, pero también del utilitarismo. Porque no es ya la decisión –tomada de acuerdo con el reconocimiento del deber o de una ponderación de utilidades- el lugar de la ética, sino el proceso deliberativo que examina ventajas, desventajas, considera cursos de acción alternativos y justifica luego la elección realizada remitiéndola a principios, convicciones, consecuencias.

Una ética que prioriza de este modo la deliberación puede parecer una ética sin respuestas. Pero, en todo caso, cabe aclarar, sin respuestas absolutas. Es decir, que se trata de una ética capaz de hacerse cargo del carácter contingente y provisorio de todas las respuestas, y capaz, también, de asumir la necesidad de revisarlas constantemente a través de une examen abierto que incorpore nuevas razones y experiencias. Pienso, sin embargo, que lo que hace a esta posición más interesante todavía es que la prioridad que otorga a los medios sobre los fines -al enfatizar el proceso deliberativo por sobre la decisión alcanzada- no le impide de ningún modo, señalar la miseria del procedimentalismo que, al refugiarse en una serie de mecanismos formales, vacía a la ética de contenido al tiempo que nos acerca una imagen devaluada de democracia que se limita a garantizar libertades formales, pero sin promover su realización efectiva, porque tampoco promueve los valores solidarios que conforman su contenido.

No se trata, pues, de establecer formas tipo de argumentación, o reglamentarlas de acuerdo con procedimientos mecánicos, sino de abrir el juego de una deliberación creativa de valores, fines, objetivos capaces de dar contenido y materialidad a las prácticas democráticas. Pero una pregunta inquietante se insinúa en este punto y es necesario enfrentarla: ¿es posible la participación efectiva?

Porque el reconocimiento de los límites del procedimentalismo no alcanza para superarlo. La conciencia de la necesidad de investir de contenidos valorativos al sistema democrático choca contra imposibilidades concretas. En tanto los objetivos valiosos deben ser el resultado de una producción colectiva, deberíamos fijarlos entre todos a partir de la deliberación y el diálogo. Pero de ningún modo queda claro cómo puede ser esto posible si debido a la dimensión y complejidad de las democracias occidentales la participación cede cada día su lugar a la representación, que aleja a los hombres y a las mujeres de la posibilidad de intervenir en el proceso colectivo de toma de decisiones. Los sentimientos que acompañan a este proceso pueden resumirse en dos palabras: impotencia e incompetencia. Impotencia para lograr el respeto del derecho a la libre participación en asuntos que nos competen directamente porque determinan las condiciones en las que se va a desarrollar nuestra vida, al establecer los alcances y límites de la salud, la procreación, la muerte. Incompetencia para deliberar en torno de cuestiones que se tornan cada vez más técnicas y especializadas.

viernes, 1 de junio de 2012

«No olés a viejo, Europa»

El exilio de Juan Gelman (Buenos Aires, 1930) en Roma puede leerse también como un espacio de reflexión crítica: se desarraiga de su tierra para vivirla desde la distancia al mismo tiempo que se acerca a lo ajeno para pensarlo desde adentro. 

XXV

Europa fue la cuna del capitalismo y al niño ése, en la cuna, lo alimentaron con oro y plata del Perú, de México, Bolivia. Millones de americanos tuvieron que morir para engordar al niño, que creció vigoroso, desarrolló lenguas, artes, ciencias, modos de amar y de vivir, más dimensiones de lo humano.
 
¿Quién dijo que la cultura no tiene olor?
 
Paso por Roma, por París, bellísimas. En vía del Corso y Bulmish huelo de pronto a taíno devorado por perros andaluces, a orejas de ona mutilado, a azteca deshaciéndose en el lago de Tenochtitlán, a inquita roto en Potosí. A querandí, araucano, congo, carabalí, esclavizados, masacrados.
 
No olés a viejo, Europa.
 
Olés a doble humanidad, la que asesina, la que es asesinada.

Pasaron siglos y la belleza de los vencidos pudre tu frente todavía. 
 
14-09-1980
Aquí puedes descargar algunas páginas de Bajo la lluvia ajena (Barcelona: Libros del Zorro Rojo, 2009), el libro que recoge éste y otros textos que Juan Gelman escribió durante su exilio en Roma. La publicación donde aparecieron originalmente fue Exilio (Buenos Aires: Legasa, 1984), un proyecto conjunto de Gelman con Osvaldo Bayer, periodista y escritor argentino.

lunes, 30 de abril de 2012

Circunstancial

Después de la enésima biografía de un fracaso amoroso, uno tiene que voltear a otros lados, hacia otras formas de hacer amor o al menos hacia otras formas de discurrir sobre el amor. Porque el amor es un discurso: ¡una utopía! En estos días, pese a nuestros alardes de posmodernidad, este discurso sigue vivo en formas sinceramente aburridas. ¡XIX, sálvanos! Porque el amor en el siglo XIX no sólo es suicidio, ensoñación, adulterio, muerte o sensualidad: ¡es libertad! Mejor aún: ¡es libertario! Es plena expresión de la utopía anarquista en América Latina a través de la voluptuosa experiencia de Roberto de las Carreras, un dandy viajero y amador que fue y volvió de París para poner en práctica en Uruguay todo lo aprendido y desaprendido sobre el arte de amar. De las Carreras se construyo a sí mismo como un personaje: hizo de sus creencias sobre el amor libre una verdadera utopía de la libertad para América Latina.
¡La Anarquía sin amor libre no es Anarquía! Hay que pensar en el Amor con más fuerza que en la cuestión económica.
Nuestro anarquista coloca al amor libre como el camino para la liberación y civilización de la humanidad. ¡Muera el matrimonio, la fidelidad y la monogamia! Estas vanas promesas no son más que restos de lo más primitivo en nosotros, de nuestros más cavernarios instintos.
Pero, ¿qué pasó con el escándalo de los conquistadores en América ante la poligamia de algunos grupos indígenas y sus prácticas exóticas y calientes de interacción? Así es la historia: el discurso cambió: ¡libertad de nuestros cuerpos! Aquello que se consideró síntoma de civilización (el matrimonio, la unidad social que es la familia, la fidelidad, la prositución controlada), en pleno siglo XIX resultó ser todo lo contrario.


De las Carreras nos deshace un mito…
La Literatura se unió a la Religión en la obra de idealizar el Sofisma, las cualidades, negativas impuestas a la víctima del hombre, como su laurel irremplazable, como la excelencia de su sexo. Dante y Petrarca representaron con sus amadas incorpóreas la mujer sin sensualidad, el mito de la mujer pura, esa abstracción del espíritu cristiano.
Pero deshacer un mito casi siempre es construir otro. Nuestro anarquista, paradójicamente, no construyó el mito de la mujer sensual y libre, pues ésta existe por sí misma, sino el del hombre capaz de aceptarla. De las Carreras pone sus creencias en modo dialógico mediante su interlocutora, su amante favorita y aquella que lo desafía poniendo en práctica todo lo que él predica sobre liberación de la mujer:

Confiésame, Roberto. Tú me habrías perdonado que yo me hubiera prostituido, pero tu orgullo no me perdonará nunca una elección…

¿Estaba Roberto de las Carreras listo para llevar a cabo la utopía libertaria que nos promete en sus interviews
¿…Y nosotros?

domingo, 1 de enero de 2012

Sobre violencia y economía

Quiero compartirles la traducción que hice de un artículo periodístico que leí hace tiempo por recomendación de un amigo. En mis reflexiones sobre la situación de nuestro país ha sido fundamental, pues da pie para pensar la violencia visible a partir de las estructuras "invisibles" que la sostienen. Pido disculpas anticipadas por los errores de traducción que contenga. Por supuesto está abierta a modificaciones.


Ciudad Juárez es nuestro futuro: es la inevitable guerra del capitalismo vuelto loco
Actualmente, los cárteles de droga en México son pioneros de la economía global en cuanto a su lógica de negocios y su modo de operar.

Por: Ed Vulliamy

La guerra, tal como yo la entendía, era una pelea entre personas con causas que podían ser tanto dementes como honorables: como, por ejemplo, entre los ocupantes estadounidenses y británicos de Iraq y los insurgentes que se les oponían. Luego me topé con la guerra de las drogas de México –la cual ha costado cerca de 40000 vidas, la mayoría de civiles– y todas las reglas cambiaron. Esta es una guerra del siglo XXI, y también otra cosa.

La guerra de México no se puede separar de la vida cotidiana.

«Ciudad Juárez es también un modelo
de la economía capitalista».
En Ciudad Juárez, la ciudad más peligrosa del mundo, los tianguis y los centros comerciales permanecen abiertos; Sarah Brightman recientemente dio un concierto. Cuando yo estuve por allá el mes pasado, la gente había reaparecido a la vida nocturna; esto debido a la imprudencia y al cansancio de años de toque de queda autoimpuesto. Antes había una misteriosa calma en la noche; ahora hay un espeluznante ambiente de normalidad –apuntado por pistola.

Aparentemente los capos del narco tienen una causa: el control de las rutas de contrabando dentro de Estados Unidos. Pero, incluso si ésta fuera la explicación total, el que las drogas sean la causa coloca sin duda a la guerra de México dentro de un pos-ideológico, pos-moral y pos-político mundo nuevo. Las únicas y verdaderas causas son las ganancias por los químicos que “elevan” a América y Europa.

Es interesante que, en una sociedad altamente politizada, no hay un movimiento masivo en contra de los carteles a la manera de “la ley y el orden” de la derecha o “de Mussolini”, ni ninguna izquierda o unión de oposición. El movimiento de base en contra de los guerreros de los carteles pos-políticos, el Movimiento Nacional por la Paz, es lidereado por el poeta Javier Sicilia, quien organizó una marcha de una semana de duración después del asesinato de su hijo en primavera. Esta lucha de un hombre es apoyada por mujeres en los centros de trabajo, en los barrios y en los hogares.

La guerra de las drogas no es solamente entre los carteles del narco.
«Ciudad Juárez se ha convertido
en un estado de anarquía criminal».
Ciudad Juárez se ha convertido en un estado de anarquía criminal –los cárteles, actuando como cualquier corporación, han extendido la violencia a bandas afilidas o no afiliadas con ellos, las cuales compiten por ofertas con los policías corruptosEl ejército juego su propio beligerante papel. “La guerra del cartel” no explica totalmente la historia. Una periodista de Ciudad Juárez, Sandra Rodríguez, me dijo durante una cena el mes pasado: dos niños mataron a sus padres porque, le contaron, “podían”. La cultura de impunidad, me dijo, “va desde niños como esos hasta la cúspide –la ciudad entera es una empresa criminal".

No es coincidencia que Ciudad Juárez sea también un modelo de la economía capitalista. Los reclutas para la guerra de las drogas vienen de la inmensa maquiladora –industrias donde, por salarios ínfimos, los trabajadores hacen los bienes que llenan los estantes de los supermercados estadounidenses o que se convierten en sus autos, importados libres de impuestos. Ahora las corporaciones pueden hacerlo más barato en Asia, casualmente despojando a sus trabajadores mexicanos. De manera que Ciudad Juárez se ha convertido en una rebosante alberca de reclutas para los cárteles y asesinos. Es una ciudad que sigue la religión y la filosofía del libre mercado.

“Es una ciudad basada en mercados y basura” dice Julián Cardona, un fotógrafo quien ha hecho crónica sobre la implosión de violencia. “El asesinato y la adicción a las drogas son actividades económicas, y esta economía está basada en lo que sucede cuando tratas a la gente como basura”. Muy propio, desde luego, de una guerra del siglo XXI. Cardona me contó sobre las muchas veces que le habían pedido su punto de vista sobre la marcha por la paz de Javier Sicilia: “Yo contesté: ‘¿Cómo puedes marchar en contra del mercado?’”.

La guerra de México no sólo pertenece al mundo pos-político y pos-moral, pertenece también al mundo del hiper-materialismo beligerante, en el cual la única ideología que hay –la cual los líderes de la política “legítima”, de los negocios y de la banca predican– es la codicia. Un hombre muy valiente llamado Mario Trevino, quien vive en la ciudad de Reynosa, la cual está bajo el control del cartel del Golfo, nos cuenta acerca de los asesinos y los cárteles: “Son personas repugnantes que hacen lo que hacen porque no pueden ser vistos usando la misma marca de playeras que usaron el año pasado, deben usar otra más cara”. Yo le repliqué que no podía ser así de banal, pero él me rogó no subestimar estas consideraciones. Lo que realmente hace de la guerra de México una guerra diferente, y muy propia de nuestro tiempo, es que todo se trata, al final de cuentas, de nada.

Ciertamente también pertenece a la cacofonía de la era de la comunicación digital. Los asesinos publican con deleite sus atrocidades en YouTube, dominando a un vasto público espectador que se mantiene ocupado en selvas de “sitios-calientes” en internet y de la “narco–blogosfera”. Los periodistas no pueden creer que mientras incluso personas como Osama Bin Laden hablan con los medios –pues sienten que tienen un mensaje que transmitir– los cárteles del narco no tienen ningún interés en hablar. Ellos controlan el mensaje, ellos son democráticos a la manera posmoderna.

La gente pregunta con frecuencia: ¿por qué el salvajismo de la guerra de México? Sin embargo, este adjetivo es infame para tan ingeniosas perversiones como coser la cara de una víctima a una pelota de futbol o colgar de los tobillos cuerpos decapitados en los puentes; y tampoco alcanza para definir sus modos de tortura innovadora, como sumergir a personas en tambos de ácido de manera que sus miembros se evaporen mientras unos doctores mantienen consciente a la víctima.

Tentativamente, pienso que hay una correlación entre la falta de causas de la guerra de México y el salvajismo. La crueldad es causa y consecuencia del nihilismo. La avaricia por la violencia refleja la avaricia por las marcas, y se convierte en sí misma en una marca.

La gente también pregunta: ¿qué puede hacerse? Hay un interminable debate sobre las tácticas militares, sobre la ayuda de Estados Unidos a México, sobre la guerra de las drogas, y sobre si los narcóticos deben ser legalizados. Yo respondo: lo anterior es de importancia tangencial. ¿Qué pueden hacer las autoridades? Simple: Ir Detrás del Dinero. Pero no lo harán.

Los cárteles del narco no son pastiches de corporaciones globales, ni son bastardos de la economía global: son pioneros de ésta. Ellos indican, mediante su lógica de negocios y su modo de operar, cómo la economía legal se las arreglará después. Los cárteles mexicanos personificaban al Tratado de Libre Comercio de Norte América mucho antes de que éste fuera imaginado, y ellos prosperan mejor que éste.

La carnicería de México pertenece a la era del gobierno de los bancos multinacionales –bancos que, de acuerdo con Antonio Maria Costa, el anterior jefe de la Oficina de Drogas y Crimen de las Naciones Unidas, se han mantenido por años a flote lavando el dinero de las ganancias de las drogas y el crimen. Los jefes de los cárteles y los delincuentes no pueden andar viajando en camionetas llenas de dinero. Tienen que guardarlo en el banco –y los políticos podrían regular este río de dinero, así como lo han hecho con acciones contra los fondos del terrorismo. Pero ellos deciden no hacerlo por razones obvias: las magnates del capitalismo y sus colaboradores políticos dependen de este dinero al mismo tiempo que se quejan de los males de las drogas preparadas en el gueto y aspiradas por las narices de los ricos.

La guerra de México es la manera cómo se verá el futuro, pues pertenece no al siglo XIX con sus guerras imperialistas, ni al XX con sus guerras por ideología, raza o religión; sino que pertenece completamente a un presente entregado a la economía global y a un “espíritu de la época” de materialismo frenético, el cual nos negamos a suavizar: es la inevitable guerra del capitalismo vuelto loco. Hace 12 años Cardono y el escritor Charles Bowde escribieron un libro llamado Juárez: El Laboratorio de Nuestro Futuro. Seguramente no se imaginaron cuán premonitorio era ese título. En un libro reciente, Ciudad Asesina, Bowden lo pone de otra manera: “Juárez no es la decadencia del orden social, Juárez es el nuevo orden”.

Fuente


sábado, 24 de diciembre de 2011

C – E

La experiencia individual de la comprensión se pone a prueba en el fenómeno colectivo de la explicación. Son dos lenguajes diferentes: por eso la verdadera comprensión es la traducción.

La traducción puede tener varias plataformas. A veces es comunicación (material) y otras transmisión (inmaterial, pero sensible). Materialmente, palabras y aliento. Sensiblemente, espacios, miradas y silencios. Si comprendo algo, lo comunico. Si te comprendo, lo transmito.

viernes, 19 de agosto de 2011

Poetas chilenos desde el acto poético

La inquietud sobre las posibilidades de vivificar la poesía y la literatura en general atrajo mi atención hacia la lectura que hace Alejandro Jodorowsky, en su libro Psicomagia, de cinco poetas chilenos del siglo pasado.

A continuación corto y pego fragmentos de lo que dice. Adviértase que se hará por entregas y yendo en contra de la lógica de publicación del blog: nada de que los últimos serán los primeros. 

A manera de introducción:


«Poesía hay en todas partes. Pero la vida poética, en cambio, es un bien más escaso. ¿En cuántos países existe una atmósfera realmente poética? Sin duda, la antigua China era una tierra de poesía. Pero pienso que, en los años cincuenta, en Chile se vivía poéticamente como en ningún otro país del mundo.

La poesía lo impregnaba todo: la enseñanza, la política, la vida cultural… El pueblo mismo vivía inmerso en la poesía. Eso era debido al temperamento propio de los chilenos y más particularmente a a influencia de cinco de nuestros poetas, que se transformaron para mí en una especie de arquetipos. Fueron ellos quienes moldearon mi existencia en un comienzo. El más conocido de ellos era nada menos que…»


¿Quién será? Descúbralo en la próxima entrada (o busque el libro en internet… en estos tiempos ya no hay suspenso).

jueves, 18 de agosto de 2011

1

«…Pablo Neruda, un hombre políticamente muy activo, exuberante, muy prolífico en su escritura y que, sobre todo, vivía como un auténtico poeta.

Vivir como un auténtico poeta es, en primer lugar, no temer, atreverse a dar, tener la audacia de vivir con cierta desmesura. Neruda construyó una casa en forma de castillo, congregando en torno a él a un pueblo entero, fue senador, y casi llegó a ser presidente de la república… Entrego su vida al Partido Comunista, por idealismo, porque deseaba realmente llevar a cabo una revolución social, construir un mundo más justo… Y su poesía marcó a toda la juventud chilena. En Chile, ¡incluso los borrachos en plena sesión alcohólica declamaban versos de Neruda! Su poesía era recitada tanto en los colegios como en la calle. Todo el mundo quería ser poeta, como él. ¡No hablo sólo de los estudiantes, sino de obreros e incluso borrachos que hablaban en verso! Supo captar en sus versos todo el ambiente loco del país.



Sucede que me canso de mis pies y mis uñas
y mi pelo y mi sombra.
Sucede que me canso de ser hombre.
Sin embargo sería delicioso
asustar a un notorio con un lirio cortado
o dar muerte a una monja con un golpe de oreja.
Sería bello
ir por las calles con un cuchillo verde
y dando gritos hasta morir de frío.*





Aparte de Neruda, que gozaba de fama mundial, otros cuatro poetas fueron de importancia capital…»


* Jodorowsky cita en su libro ese fragmento, el cual es parte del poema titulado «Walking around» que pueden encontrar en: Pablo Neruda Antología general, Alfaguara, Lima, 2010, p. 130-132.

2

«Vicente Huidobro provenía de un medio acomodado, en todo caso, menos humilde que el de Neruda[…] recibió una eduación artística muy profunda, por lo que su poesía, de una gran belleza formal, impregnó de elegancia a todo el país. Soñábamos todos con Europa, con la cultura… Huidobro nos dió una gran lección de estética.

El poeta os tiende la mano para conduciros más allá del último horizonte, más arriba de la punta de la pirámide, en ese campo que se extiende más allá de lo verdadero y lo falso, más allá de la vida y de la muerte, más allá del espacio y del tiempo, más allá de la razón y la fantasía, más allá del espíritu y la materia. Hay en su garganta un incendio inextinguible*.

Había también una mujer…».



3

[…] Gabriela Mistral. Su apariencia era la de una dama seca, austera, muy alejada de la poesía sensual. Ella enseñaba en las escuelas populares, y esta pequeña institutriz llegó a transformarse para nosotros en un símbolo de paz. Nos enseñó la exigencia moral respecto del dolor del mundo. Gabriela Mistral era para los chilenos una especie de gurú, muy mística, una figura de madre universal. Ella hablaba de Dios pero daba fe de un rigor tal… Escucha estos fragmentos de su «Oración de la Maestra» (la maestra en cuestión era, naturalmente, la institutriz):

¡Señor! Tú que enseñaste, perdona que yo enseñe; que lleve el nombre de maestra, que Tú llevaste por la Tierra… Maestro, hazme perdurable el fervor y pasajero el desencanto. Arranca de mí este impuro deseo de justicia que aún me turba, la mezquina insinuación de protesta que sube de mí cuando me hieren… Hazme despreciadora de todo poder que no sea puro, de toda presión que no sea la de tu voluntad ardiente sobre mi vida… Dame sencillez y dame profundidad; líbrame de ser complicada o banal en mi lección cotidiana… Aligérame la mano en el castigo y suavízamela más en la caricia.*

*Fragmentos de «La oración de la maestra». 

El cuarto se llamaba…